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10 abr 2013

La Azul Estación: Adiós

La Azul Estación: Adiós:

El río agua lleva 
Mas no suena, nunca suena
Y eterna es la boca
Que dijo mi nombre 
Y compró mi tristeza

No puedo besar con gracia
Los labios de un muerto
No quiero rizar tu pelo
Ni verlo tan negro
No quiero sentir la tierra 
Y soñar con el cielo

Quiero un corazón libre
Quiero querer aunque creo
Que aún dulces, los besos
No calman mi duelo

Y prefiero estar solo
Que no acompañarte
Prefiero marcharme
Que hacerte esperarme.

6 abr 2013

La Azul Estación: Tener

La Azul Estación: Tener:

Tiene una cara alada 
Que alberga tesoros
Que con los años 
Se fueron acumulando

Tiene una sonrisa
Que se puede respirar
Y dos labios
Que son uno cuando besa

Tiene largas pestañas
Oscuras y ansiosas
Que abrigan su espera
Y esconden sus noches rosas

Tiene luz
Y perfume en la mirada

Tiene un todo
Que no es nada 
Si no está

Tiene

Y yo ya no tengo

La Azul Estación: El parpadeo

Riki Kasso
La Azul Estación: El parpadeo:Mientras observaban los jabalíes devorar famélicos la comida de aquel improvisado picnic nocturno, él aprovechó la coyuntura para aproximarse más a ella. Embrujados por la luz de aquella noche de verano, el silencio no era un problema y la cercanía resultaba efervescente. Con la incauta torpeza de un primer beso, él atinó su tiro, pero la diana no sangró. Los labios de él se posaron en aquella boca que era desde aquella noche su único destino. Ella, sin embargo, escogió devolverle el beso con la mirada, un ósculo tácito pero intenso, tratando de expresarle al corazón de él, el deseo aprisionado en su quietud.

Él, tocado por un corazón que sólo había intuido y ella, tentada de tomar la mano de él, salieron al paso de aquel jardín de medianoche sin dejar del todo de vigilar a las bestias y su festín en honor a la pareja.

Subieron al coche y se escondieron entre risas y ganas de saber del otro. Él condujo tranquilo, feliz y triste a un tiempo, mientras ella le explicaba el cómo y el porqué, con cuidado y recelo, con miedo a empezar a verlo a él. 

Acogidos por una ciudad dormida, atravesaron la avenida principal hasta llegar a casa de ella.
Se dieron dos besos y ella se despidió sin epílogos ni rodeos. Y él la correspondió con la mejor de sus sonrisas, tratando que sus ojos le transmitieran la felicidad y ocultaran la tristeza por no verla más, mientras veía como aquella mujer desconocida había obrado en él, tanto tiempo después de nacer, el don de la vida.

Ella entró en su casa y anduvo hasta su cuarto como un autómata. Se afirmó en su postura, y deseó que hubiera sido distinta. Aún con la pena de lo que no había podido ser, se tumbó en su cama y pensó si lo volvería a ver.

Él llegó a casa y decidió reemplazar el malogrado picnic por unas sobras de la nevera. Contemplando cómo el plato giraba hipnóticamente en el microondas, pensó en lo aleatoria que podía ser la vida y la precisión con la que, sin embargo, habían conectado los dos.

Decidido a olvidar lo que no se puede, apagó las luces y se metió en la cama.

A pocos metros de él, su móvil parpadeaba con un aviso de mensaje.
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