La Azul Estación: Adiós:
El río agua lleva
Mas no suena, nunca suena
Y eterna es la boca
Que dijo mi nombre
Y compró mi tristeza
No puedo besar con gracia
Los labios de un muerto
No quiero rizar tu pelo
Ni verlo tan negro
No quiero sentir la tierra
Y soñar con el cielo
Quiero un corazón libre
Quiero querer aunque creo
Que aún dulces, los besos
No calman mi duelo
Y prefiero estar solo
Que no acompañarte
Prefiero marcharme
Que hacerte esperarme.
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10 abr 2013
6 abr 2013
La Azul Estación: Tener
La Azul Estación: Tener:
Tiene una cara alada
Que alberga tesoros
Que con los años
Se fueron acumulando
Tiene una sonrisa
Que se puede respirar
Y dos labios
Que son uno cuando besa
Tiene largas pestañas
Oscuras y ansiosas
Que abrigan su espera
Y esconden sus noches rosas
Tiene luz
Y perfume en la mirada
Tiene un todo
Que no es nada
Si no está
Tiene
Y yo ya no tengo
Tiene una cara alada Que alberga tesoros
Que con los años
Se fueron acumulando
Tiene una sonrisa
Que se puede respirar
Y dos labios
Que son uno cuando besa
Tiene largas pestañas
Oscuras y ansiosas
Que abrigan su espera
Y esconden sus noches rosas
Tiene luz
Y perfume en la mirada
Tiene un todo
Que no es nada
Si no está
Tiene
Y yo ya no tengo
La Azul Estación: El parpadeo
![]() |
| Riki Kasso |
Él, tocado por un corazón que sólo había intuido y ella, tentada de tomar la mano de él, salieron al paso de aquel jardín de medianoche sin dejar del todo de vigilar a las bestias y su festín en honor a la pareja.
Subieron al coche y se escondieron entre risas y ganas de saber del otro. Él condujo tranquilo, feliz y triste a un tiempo, mientras ella le explicaba el cómo y el porqué, con cuidado y recelo, con miedo a empezar a verlo a él.
Acogidos por una ciudad dormida, atravesaron la avenida principal hasta llegar a casa de ella.
Se dieron dos besos y ella se despidió sin epílogos ni rodeos. Y él la correspondió con la mejor de sus sonrisas, tratando que sus ojos le transmitieran la felicidad y ocultaran la tristeza por no verla más, mientras veía como aquella mujer desconocida había obrado en él, tanto tiempo después de nacer, el don de la vida.
Ella entró en su casa y anduvo hasta su cuarto como un autómata. Se afirmó en su postura, y deseó que hubiera sido distinta. Aún con la pena de lo que no había podido ser, se tumbó en su cama y pensó si lo volvería a ver.
Él llegó a casa y decidió reemplazar el malogrado picnic por unas sobras de la nevera. Contemplando cómo el plato giraba hipnóticamente en el microondas, pensó en lo aleatoria que podía ser la vida y la precisión con la que, sin embargo, habían conectado los dos.
Decidido a olvidar lo que no se puede, apagó las luces y se metió en la cama.
A pocos metros de él, su móvil parpadeaba con un aviso de mensaje.
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